Son las 11 de la mañana en la Avenida São João y el olor a feijoada ya cruza la puerta del Boteco do Gois. Adentro, las mesas se ocupan rápido. Gente de oficina, estudiantes, jubilados del barrio, uno que otro repartidor de app descansando entre pedidos. Todos terminan pidiendo lo mismo: el PF del día. Nunca pasa de R$ 20.
Este lugar no necesita marketing. Con más de dos mil reseñas y una calificación de 4.6, el Boteco do Gois sobrevive con algo más simple: comida buena a precio honesto, seis días por semana. Abre a las 10 de la mañana y cierra a las 9 de la noche, de lunes a sábado. Domingos cerrado. El local queda en Av. São João 2170, en plena Santa Cecilia, un barrio que en los últimos años se llenó de cafés de especialidad y galerías pero que sigue teniendo botecos como este, donde un almuerzo completo cuesta lo que un café con leche en la esquina de enfrente.
Lo que separa al Boteco do Gois de otros cientos de botecos paulistanos es su carta vegana. Es una propuesta seria, no una nota al pie del menú. Bife de soja y coxinha de jaca conviven con la parmegiana clásica, el kibe frito, los salgados del mostrador, el cafezinho de después. La feijoada de jaca merece párrafo aparte: llega en plato hondo, oscura, con esa textura deshilachada que confunde al paladar. El aroma es ahumado, denso. Arroz blanco al lado, farofa seca, couve picada, rodaja de naranja, pimenta para quien quiera. Todo por menos de R$ 20. No es un restaurante vegano. Es un boteco que decidió que la comida sin carne también puede ser comida de boteco.
Los jueves el lugar cambia de ritmo. Es el día fuerte de la semana, cuando el menú se luce y las mesas se pelean. Si vas a conocerlo por primera vez, ese es el día. Pero llega temprano. A la una de la tarde ya hay fila, y los platos del día tienen fecha de vencimiento: cuando se acaban, se acaban.
El PF (prato feito) es la razón por la que hay clientes que vuelven cinco veces en una semana. Cada día trae algo distinto. Un lunes puede ser bife acebolado con arroz, feijão, salada y vinagrete. Un miércoles, parmegiana con purê. La constante es el precio y la porción: generosa, sin pretensiones, hecha para que te levantes de la mesa sin hambre y sin culpa financiera. Es esa clase de lugar donde el mesero ya sabe lo que vas a pedir antes de que abras la boca.
A las tres de la tarde la Avenida São João sigue ruidosa. Autobuses y motos, el ruido constante de una ciudad que no para. Adentro del Boteco do Gois ya casi no queda gente. Alguien limpia las últimas mesas. Los salgados del mostrador son un recuerdo. Mañana será igual. Mismo horario. Misma cocina honesta. Mismo precio que parece de otra época. Y mañana, otra vez, la fila.