Es jueves por la noche en Pigalle y el claxon de los autos compite con el repiqueteo de los vasos. Una mujer lleva un Negroni doble en la mano, el hielo choca contra el borde del vaso mientras ríe con su grupo. Este bar de concepto moderno, con paredes de ladrillo y mesas de madera, respira sofisticación sin pretensiones. Aquí, el sabor del mezcal se entrelaza con el aroma del cloro de la piscina vecina, porque sí, hay piscina. Uno de los clientes escribió: 'El balance de sabores en el Old Fashioned es sublime, como si el bourbon tuviera un abrazo de chocolate negro' — aunque la carta cambie según el humor del bartender.
A quinientos metros, Coyote Rojo vive su segundo ajetreo. El olor a cecina asada invade la calle a las 9pm, cuando los empleados empiezan a preparar las tortillas para los tacos. 'La michelada con cerveza artesanal cuesta 60 pesos, pero el secreto está en la salsa verde', me advierte una empleada mientras llena una jarra con mosto de cebada. Los comensales vienen por la sencillez: tacos de cecina a 40 pesos, botanas de cacahuate, y un ambiente donde la música de rock viejo compite con las conversaciones. Un cliente escribió: 'El taco de cecina aquí tiene el mejor balance de sal y ajo que he probado'.
Pigalle cobra entre 100 y 200 pesos por sus cócteles, pero ofrece una experiencia que va más allá del trago. Su carta de mezcales incluye raras variedades de Oaxaca, y el bartender que me atendió mezcló un Negroni con hierbas locales. 'A veces traemos ingredientes de la Sierra', dice mientras corta una ramita de epazote para un mojito experimental. Para los que buscan algo más intenso, el Old Fashioned con mezcal cuesta 180 pesos y se siente como una carta de presentación de todo el estado.
Coyote Rojo, por su parte, vive del recuerdo. Fundado en 1998, conserva un aire de barra de vecindad que contrasta con las discotecas cercanas. El dueño, quien aparece en reseñas antiguas, se enorgullece de sus recetas familiares: 'La salsa para las micheladas es igual que la que usaba mi abuela en la cocina', dice. Siempre hay una fila de clientes esperando su turno, especialmente los sábados cuando el 'menú de barra' incluye camarones al carbón y el barraqueo se siente como una fiesta de vecinos.
A la medianoche, los dos bares tienen un ritmo distinto. En Pigalle, los últimos comensales juegan a las cartas con tragos de ron, mientras en Coyote Rojo un grupo de motociclistas agradece el último taco. La diferencia no está en la calidad — ambos están entre los mejores calificados según los datos — sino en la forma de vivir la noche. ¿Prefieres un coctel elaborado con técnicas francesas o un taco de cecina mientras conversas con vecinos? En Guadalajara, hay espacio para ambos.






