A las nueve de la noche, la luz tenue de los neones se cuela por la ventana de Del Romance 47 y el sonido crujiente de un vinilo de jazz llena el aire. En la barra, un grupo de amigos ríe mientras el bartender agita una coctelera; el aroma a cítricos y hierbas frescas se mezcla con la humedad de la calle del centro. La escena se siente como una conversación que nunca termina, y yo, con la primera copa en mano, me dejo envolver por la atmósfera.
Xaneque Cocktail Room no es grande; su espacio íntimo obliga a acercarse, a observar los detalles. Las paredes están adornadas con ilustraciones de cócteles clásicos y una estantería de botellas alineadas como colores en un arcoíris. El dueño, un ex‑mixólogo de la capital, decidió abrir aquí en 2018 para ofrecer una experiencia que combina la precisión de la coctelería con la nostalgia del vinilo. Cada viernes, el local programa una sesión de discos, y la clientela se vuelve una comunidad que comparte historias mientras espera su trago.
El cóctel estrella, el Mojito de Tamarindo, cuesta MX$150 y es una explosión de sabores. El ron blanco se funde con puré de tamarindo, azúcar morena y hojas de hierbabuena recién picadas; al servirlo, una nube de espuma de lima cubre la copa y el toque final de sal de mar realza la acidez. Cada sorbo es a la vez dulce y ácido, con la frescura de la hierbabuena que corta la intensidad del tamarindo, dejando una sensación refrescante que invita a otro trago.
“Los cócteles aquí son una obra de arte, el Mojito de Tamarindo me recordó a mi infancia en la costa”, comenta Ana en una reseña de 2023. Otro cliente, Luis, escribe: “El vinilo que suena mientras mezclas el trago crea una atmósfera única, nunca había sentido el ritmo del jazz con un trago en la mano”. Finalmente, Marta señala: “El personal conoce cada ingrediente, y la presentación es impecable; el borde de la copa con azúcar de caña es el detalle que marca la diferencia”. Estas voces revelan por qué la gente vuelve, buscando tanto la calidad del trago como la conversación que fluye alrededor.
Al cerrar la noche, el último trago se desliza mientras la última canción termina. El bartender limpia la barra, el vinilo se detiene y la luz de la calle se vuelve más tenue. Salgo del Xaneque con la sensación de haber compartido algo más que una bebida: una historia que se repite en cada visita, una mezcla de sabores, sonidos y recuerdos que hacen de este bar un punto de referencia en Morelia.
