A las siete de la mañana, el sol apenas roza los techos de Huajuapan‑Tehuacán y el interior de Kali Tepaktli ya vibra con el sonido de cubiertos y conversaciones. El mostrador desprende un perfume a chiltepín y masa recién hecha; una fila de locales espera el primer plato del día mientras la camarera repite el nombre del platillo estrella: mole de cadera con arroz blanco. El ambiente huele a comino, a caldo que hierve, a pan recién horneado; el ruido es una mezcla de risas y el crujido de tortillas al romperse.
Kali Tepaktli abrió sus puertas hace varios años y, según su historia, nació de la pasión de una familia que quería preservar recetas de la región. El menú, limitado pero preciso, se concentra en platos que resaltan la tierra de Puebla. El mole de cadera, precio MX$85, llega en un plato de barro que conserva el calor. La salsa, oscura y densa, combina chocolate amargo, chiles mulatos y una pizca de canela; al probarlo, la primera sensación es la dulzura del cacao que cede paso al picor del chile, mientras la carne se deshace en la boca. Al lado, el arroz blanco, suelto y ligeramente mantecoso, absorbe cada gota de la salsa.
Los comensales habituales vuelven por la consistencia del sabor y la atención sin prisas. Un cliente comentó que el mole le recuerda a la comida de su abuela, otro señaló que la porción es generosa para el precio y una tercera reseña destacó la amabilidad del personal que siempre pregunta si el nivel de picante está bien. Estas opiniones, recogidas en las reseñas, revelan una comunidad que valora la tradición y la calidez humana. El horario continuo de 7 AM a 7 PM permite que tanto los que buscan un desayuno contundente como los que llegan después del trabajo encuentren su lugar.
Al cerrar la jornada, alrededor de las ocho de la noche, la luz tenue del interior crea sombras que bailan sobre las paredes de azulejo. El último cliente termina su postre de gelatina de jamaica, fresca y ligeramente ácida, mientras el sonido del claxon de los carros se mezcla con la música suave de un acordeón en la calle. Salir de Kali Tepaktli con el sabor del mole todavía en la lengua es sentir que se ha compartido un pedazo de Puebla, que se ha dejado una huella de comunidad y que, al volver mañana, el aroma será el mismo y la bienvenida igual de cálida.
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