A las 2:30 PM, el calor de Puebla se cuela entre los adoquines de la calle 73760 cuando entro a Pulques Téllez. El olor a leche de higo fresca se mezcla con el aroma de plátanos tostados en el fondo. La dueña, María, sirve un vaso de pulque de higo con una sonrisa que dice 'esto no es un bar, es un legado'.
Pulques Téllez ha sido un punto fijo desde 1985. Los viernes, se sienten como en una fiesta de familia: un anciano toca guitarra mientras jóvenes discuten fútbol. Su pulque de maguey (MX$60) llega en vasos de vidrio claro, con una espuma cremosa que desaparece al tocar los labios. Un cliente repetidor comenta: 'Aquí el pulque no es bebida, es medicina'.
A tres cuadras, en San Miguel Xaltepec, El Patron abre a las 1 PM con luces tenues que dibujan sombras en las paredes de ladrillo. El menú de tequilas (MX$800–900 por cata de cinco) incluye edición limitada de 25 años. A las 10 PM, el aire huele a vainilla quemada y el DJ mezcla cumbia con house. Un mozo sirve un mezcal Ocotillo con aroma a hierba recién cortada.
El dueño, un exchef de Oaxaca, cuenta que cada trago es una historia. 'No vendemos alcohol, contamos genealogías de agaves'. Los sábados, los mozos usan trajes de charro y sirven tacos de suadero al carbón en la barra. Un cliente escribió: 'El Patron no es un bar, es un viaje en el tiempo'.
Mientras el sol se pone, Pulques Téllez cierra a las 6 PM con el mismo pulque en el mostrador. El Patron sigue abierto hasta la medianoche, donde algún mariachi improvisa en la entrada. En Puebla, las bebidas no son simples tragos: son hilos que unen generaciones, sabores que narran historias de tierra y tradición.






