La luz de la tarde empieza a dorar las calles de San Andrés Cholula cuando entro a Giulietta Pizza&More. El aroma a masa recién horneada y tomate maduro invade el aire. A las 6:30 p.m., el lugar está lleno de parejas y grupos de amigos que discuten si pedir la Margherita o alguna de las pizzas experimentales. Una señora detrás de mí le comenta a su amiga: 'La de hongos trufados es una revelación, pero siempre vuelvo a la clásica'.
Giulietta destaca por su enfoque artesanal. La Margherita ($180) es una declaración de intenciones: tomate confitado, mozzarella de leche fresca y basilico recién picado. Cada bocado equilibra la acidez del tomate con la suavidad de la mozzarella, coronado por el aroma herbal del basilico. Un joven comentó en su reseña: 'La masa tiene ese crujido perfecto que recuerda a Nápoles'. El lugar tiene un toque industrial con mesas de metal y luces cálidas, ideal para cenas relajadas.
A 20 minutos, en Teziutlán, Domino's Pizza TEZIUTLÁN ofrece un ritmo distinto. A las 11 a.m., la fila para recoger pizzas ya comienza a formarse. Aquí, el cliente pide directamente en la caja y recibe su pedido rápido. Una mujer me dice: 'Vengo todos los viernes a comprar dos porciones de pepperoni para mi hijo'. Entre sus opciones, la Pizza Hawaiana ($120) es la más popular, con trozos generosos de piña y jamón. Su masa gruesa y jugosa contrasta con la crocanteza de las orillas rellenas de queso. Un cliente destacó: 'La relación calidad-precio es imbatible'.
El contraste entre ambas es abrumador. Giulietta apuesta por ingredientes premium y pizzas elaboradas con esmero, mientras Domino's enfoca en accesibilidad y rapidez. Ambas, sin embargo, comparten una pasión por la pizza. En Giulietta, un camarero me explica: 'Cada pizza es una obra de arte, no solo comida'. En Domino's, un mozo sonriente repite: 'Nosotros no solo servimos pizza, servimos nostalgia'.
A medianoche, Giulietta cierra sus puertas, dejando tras de sí el olor a madera quemada de la pizzería. Domino's, en cambio, sigue abierto hasta la madrugada, testigo silencioso de cenas improvisadas y celebraciones inesperadas. En Puebla, la pizza no es solo un plato: es una cultura que se vive en cada masa, cada salsa y cada porción compartida.






