A las ocho de la noche, el sonido de una trompeta de son cubano se cuela entre las mesas de La Negrita Cantina. La calle 62 vibra con el perfume de la leña y la grasa del cerdo que se cocina a fuego lento, mientras grupos de locales y viajeros se acomodan en la barra de madera desgastada. El aire huele a mezcal ahumado y a la salsa roja que cubre la cochinita pibil recién servida; el murmullo de conversaciones se mezcla con pasos de salsa que aparecen y desaparecen en la pista improvisada.

El local abrió sus puertas en 2015 bajo la visión de su fundadora, una yucateña que quiso crear un espacio donde la música cubana y el sabor yucateco se encontraran. La fachada de colores vivos, con un letrero de neón que dice "La Negrita", invita a pasar sin pensarlo. Dentro, las paredes están cubiertas de fotos antiguas de Mérida y de carteles de festivales de salsa. El personal, siempre con una sonrisa, sirve copas de mezcal con sal de gusano y una rodaja de naranja que deja un regusto cítrico y terroso.
El plato estrella es la cochinita pibil, presentada en un plato de barro con una porción de arroz blanco y frijoles refritos. Cuesta $150 y llega envuelta en hojas de plátano, con la carne tan tierna que se deshace al tocarla con el tenedor. El sabor combina la acidez del naranja agria, la dulzura del achiote y el picante sutil del chile habanero; cada bocado es una explosión de historia y tierra. Los clientes repiten que la salsa roja, hecha con tomates asados y especias, es el complemento perfecto que equilibra la grasa del cerdo.
Los bebedores no se quedan atrás. Un mezcal reposado a $120 se sirve con una pizca de sal de gusano y una rodaja de toronja, creando una sensación ahumada que persiste en el paladar. Las micheladas, a $90, mezclan cerveza, jugo de limón, clamato y una salsa picante que hace que la boca se caliente ligeramente. “El ambiente de salsa me hizo bailar toda la noche”, comentó Ana en una reseña reciente. “La cochinita pibil es la mejor que he probado en Yucatán”, escribió Carlos. “Los mezcales son de primera, el camarero me recomendó uno que nunca había probado y valió la pena”, señaló Luis.
Al cerrar, la música se vuelve más suave y las luces se atenúan, pero el aroma de la leña sigue flotando. Los últimos clientes, con una copa en la mano, siguen conversando sobre la próxima fiesta de son cubano del viernes. Salir de La Negrita Cantina a esas horas se siente como dejar atrás una pequeña celebración cotidiana, con la certeza de volver para otro trago de mezcal y otro plato de cochinita que, como siempre, te recuerda por qué este bar es el latido nocturno de Mérida.





